La marca España

Hoy, día 15 de Mayo, se celebra el segundo aniversario de la masiva reunión en la plaza del Sol de Madrid. Cientos de personas que durante dos meses se rebanaron los sesos intentando encontrar salidas a sus frustraciones.

Tantas y de tan distinta índole y categoría fueron reuniendo que todo aquello se convirtió en una gigantesca arca, un mayúsculo sudoku, una sopa enmarañada de imposible resolución que crecía como los callejones en la plaza de los laberintos. Ello no quiere decir que el resultado, a dos años vista, se pueda calificar de fracaso. Consiguieron demostrar la existencia de la frustración como un fenómeno enquistado y perpetuo, en una sociedad habituada hasta entonces a pasar de la política. Señalaron culpables a troche y moche, y también señalaron patologías, hasta las más absurdas. No hubo soluciones, pero a lo mejor no estuvieron allí para eso.

Ya entonces se decía, y hoy se repite en el eco del aniversario: los tenderos de la plaza perdieron 30 millones de euros. ¿A quién le importa? ¿Alguien cuantificó las pérdidas de los vendedores de queso en La Bastilla durante la revolución francesa? ¿Cuántas matriuskas dejaron de venderse frente al palacio de invierno? Quiero decir, en estas movidas alguien siempre acaba perdiendo algo, que en comparación, mientras no sea la vida ni la libertad, su sola mención acaba pareciendo ridícula. De hecho, cuando miramos las revoluciones de otros lugares no nos preguntamos cuántos pistachos desperdiciados en la Plaza Tajín sino cuántas vidas luchadas, no perdidas, en la búsqueda de mayores libertades.

¡Que tormento para la «marca España»! ¡Cuánta perdida!, también se argüye a la hora de criticar tanto al 15M como a cualquier protesta o indignación. El gigante de la «imagen» de nuevo, con todo su poder de persuasión. Solo importa la Imagen que ofrezcamos, no lo que esté ocurriendo ni por qué; si la Imagen no vale, si el reflejo es negativo,  será suficiente motivo para prohibir todas las protestas, las indignaciones y las críticas.

Y, en definitiva, ¿para qué?. Veo las caras de los guiris que llegan a España y que cuando preguntan por calles pareciera que buscan trincheras. Is it safe, is it safe? Y que no distarían demasiado de la mía si por albur me tocara un viaje a Atenas y tuviera que preguntar a algún heleno cómo llegar a la Acrópolis. Pura ignorancia a la que nos tienen sumidos los medios.

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