Detalles de Javier Krahe

La pesadilla en la cocina se sumó a la ingenuidad córvida , y al final algunos le han erigido en cantautor satánico. Debe estar perplejo. La receta del cristo acabó convirtiendo a Javier Krahe en el Gillo Pontecorvo de aquí, pero en su cancionero sólo dos o tres temas abordan cuestiones políticas.

Le cantó a la muerte y a la fugacidad del tiempo, a Dios y a los demonios, al siglo XX y al tabaco, al costumbrismo, al hastío, al suicidio y a la perversión. Pero lo que le gustaba sobre todo era cantarle a las mujeres. Fue capaz de adjetivar todos los pechos aunque costara tres veranos en Zahara conseguir la bibliografía necesaria: escribiendo versos era muy concienzudo, y era inigualable clasificando. Sus cien amores se dividían en “de paso”, “eternos”, “sin par”, “históricos”, “insólitos”, “fugaces”…

Muchas de sus canciones fueron sometidas a largas meditaciones bajo el sol y la lluvia. Analizaba sus métricas, y si no lo convencían, las encajonaba a la sombra durante tiempo hasta que despertaban embelesadas, reinventadas por los cánticos de sus musas marineras. Entonces la perfección quedaba atrapada entre las lineas del pequeño cuaderno en donde trabajaba. “Solo él puede rimar benzodeazepina”-decían sus músicos-.

Después las salas y bares servían de ideados ensayos. Javier intentaba entrar a tiempo en el compás con el tono derechito, y López de Guereña sostenía el acorde esperando al abuelo, atascado en su vaivén -parecía a un saltador de longitud antes de emprender la carrera-. En los finales de sus toures la banda estaba llena de magia, diversión, y encanto. Para entonces Krahe ya había probado sin tú saberlo, mirándote a ti y al resto del público, las reacciones a sus estrofas, a sus giros cómicos, a sus burlas y a todos los visajes que sostenían sus peripecias. Nos estudiaba.

De entre todos sus gestos me quedo con tres: Su canción La costa suiza tiene dos. Cuando el marinero protagonista invita a beber a sus camaradas, Javier apoyaba su antebrazo sobre el pié del micrófono y balanceaba un vaso en un gesto ebrio y bohemio, en una lenta evocación de costumbres pasadas. Y en esa misma, imitando lanzar monedas de cobre al mar,reflejaba la rabia y la pena de un marinero al que la modernidad no dejó vivir a su manera. En la última, la de su única canción “inacabada” La Yeti, el guasón fingía recorrer el Himalaya perdido en la noche, en medio de la ventisca, tras la extraña criatura. Levantaba su quinqué imaginario e iluminaba el local; y después mordía un trozo de sandwich de viento mientras terminaba: “Continuará…”.

Me comentó muchas veces que aprendió más sobre su admirado Brassens escuchando sus canciones que leyendo sus biografías. La intención de glosar su vida en “querencias y extravíos” alude a la intención de revelarse a sí mismo de la misma forma. Que sirvan estos pocos detalles visuales como sumas a su recuerdo, y ayuda para quien se acerque de nuevo a entender su personaje.

Estoy seguro de que pondría muchos reproches a este texto. Se marcaría un par de movimientos de bigote leyéndolo- como sacudiéndose los restos de galletas de entre las vibrisas-. Pero le encantaría saber que he tardado mucho tiempo en editarlo; no era amigo de prisas. ¡Salud maestro!

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