Por favor, que alguien pare a la gran novela americana

» De niño, me gustaba acercarme hasta Harry´s a comprar aquellas bolas de caramelo rojizas. Mi madre se llamaba Antonella y tenía unas sábanas de raso con puntilla que recordaré siempre.Todas las tardes preparaba la masa de los raviolis como le enseñó su madre, Agripina la menor.Tras llegar a casa, me gustaba soltar la cartera del colegio y el guante de beisbol-toda la casa olía a tomate- y mirar por la ventana a la vecina de enfrente. Era muy guapa, se llamba Mary Joe, y a esas horas solía estar tirándose a mi padre Simon agarrada al cabecero de la cama. Yo le tapaba los ojos a mi hermana pequeña Mary Anne, pero ella se acercaba a la cómoda de Antonella y se zampaba dos lorazepames. Hasta mucho tiempo después no entendí por qué mi hermana se sentaba a peinar a su muñeca sin parar, hasta dejarla como una bola de billar. Todo aquello no era normal, pero yo lo normalicé para llegada la edad adulta ponerme a escribir como un loco sobre mí mismo y justificar que me comportara como un tarado lo que me quedaba de vida. Cuando pienso que aún tengo trescientas páginas de novela por escribir y todavía no he citado mi Bar Mitzvah (estupendo nombre para un local de bebidas espirituosas) se me alegra el alma».

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