Purgandus populus

Uno de los disfraces con los que más me divertí fue con el de monje del «purgandus populus», aquél programa de televisión de Els Joglars. Mis amigos y yo, con nuestros hábitos y cachiporras, buscábamos ligue en vez de a los gilipollas que buscaba Albert Boadella y que terminaban internados en un psiquiátrico.

Hay una coincidencia entre el @caso de los titiriteros madrileños y el de los murguistas santoñeses: ambos han sido pasto de los periódicos digitales (puntocoms)  que tanta fama «comparten» en las redes sociales. Los encargados de informarnos de la actualidad sin el sesgo de los periódicos habituales vendidos al stablishment- la supuesta «balanza informativa urbana»- han demostrado comportarse como unos apolojetas del «me gusta» y de la caza de «visitas». Sus linotipistas digitales han validado cualquier titular morboso, mentiroso, lesivo, cuando no descaradamente sectario.

En el escándalo tan popular de los titiriteros se redactaron falsedades como que gritaban goras a ETA-por muy indigesta que le pareciera a algunos la actuación deberían disimular-. De los carnaveleros santoñeses (o santoñinos,  como nos rebautizaron los Gomaespuma en su pregón de carnaval), menos conocidos pero más paisanos míos, se ha escrito que «conmemoraban a Carrero Blanco en un acto fascista», otra mierda de noticia para ofender.

Comprobado que la desinformación ha corrompido la verdad sobre ambas actuaciones-que actuaciones han sido ambas-también habrá que resaltar las diferencias entre las dos. Por un lado, la obra representada por el teatro titiritero contenía evidentes referencias políticas de corte anarquista dirigidas a informar al público- de ahí que no se entienda la presencia de niños-de la corrupción policial, la injusticia judicial y los errores del sistema podrido que a juicio de los autores sufrimos en Occidente. En cambio, en el disfraz y en la parodia carnavelera no se pretendía ovacionar al falangismo. Pudieron verse ofendidos los fascistas, en todo caso, viendo garabateado su aguilucho vestido con frac y sombrero; su imagen degradada a nivel de chirigota; su líder Francisco en una tarima, víctima de las murgas-apologistas de poca cosa y críticas de casi todo-y el mundo entero partiéndose la caja.

Imagino la sorpresa de muchos paisanos al ver cantar el Cara al sol. Pero, ¿no es el verdadero espíritu del carnaval sorprender con lo más insospechado y transgresor? El carnaval es el único momento en que tienes la posibilidad de escoger tu disfraz sin complejos…¿cuándo si no hacerlo de falangista , o de terrorista-que llevaron mis amigos allá por los noventa- el de obispo alcohólico, el de demonio empalmado, el de maruja golpeada (lo he visto varios años), el de Chiquito de la calzada, y todo un infierno de disfraces aterradores?

 

Estas polémicas políticas no le hacen ningún bien a la fiesta prohibida durante el régimen y única hasta hoy libre del pensamiento unificado.

 

 

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