LA BOLSA

La bolsa, dicen, es un juego. “Apuesta solo aquello que te sobre”, dicen los expertos, como mi abuela. Un juego macabro que se alegra, luego sube, cuando varios países entran en guerra. Un juego erótico que se excita con el gasto armamentístico, el insaciable buche que abre el apetito con la hambruna de los pueblos. Un gigante que ama por igual el progreso y la quiebra.

Paradójicamente, aún gustándole tanto disparar, la bolsa en cuanto escucha un rumor se deprime, se acobarda, y entonces le entra el bajón. La bolsa es un infierno de cotillas que en cuanto escuchan el vals de Freddy Krueger se esconden en el armario. La bolsa pasa el día tricotando balances mientras se cuenta a sí misma los murmullos del vecindario, y cuando se huele a pelea en el descansillo pierde la fe y los nervios. Tras más de cien años vive una perpetua inmadurez inconsciente. Teme que la rata de la peste de Camus entre por la ventana de su patio interior, y decide entonces jugarse todo a la Apocalipsis más alta, y si tuviera que irse para el hoyo, no dudaría en llevarse consigo el tablero de ajedrez, la parca, el dalle…El campo entero y el pueblo, la colina la ciudad, la cascada , a ti y tu repertorio.

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