La caída del imperio consumista

Se acabó. Esto de pasarse el día tirando de tarjeta tenía que terminarse. Y…¡habíamos escuchado tanto! ¡Tanto aquello de que vivíamos en una sociedad consumista!…Que de tanto escucharlo pasó de moda.

En los ochenta, y en los setenta, y hasta antes incluso. Todo el día con la murga: que si estamos alienados, que si hemos vendido nuestra alma al vil metal. No pensábamos en otra cosa mas que en poseer, y hacerlo en mayor cantidad que el vecino. Queríamos casas y perros, y mujeres que hicieran de comer y amantes en pisos alquilados. Eran los yuppies y sus Ferraris, aquellos hombres sin alma ni corazón; la bolsa se convirtió en su hábitat natural y su falta de escrúpulos en leitmotiv del personaje shakesperiano de los años ochenta. Los rascacielos fueron el símbolo fálico de la fama, y su último piso la gran corrida en la ascensión de los ambiciosos.

Aún entonces la espiritualidad rivalizaba por hacerse un hueco, por intentar enseñar al mundo que en una vida exenta de dinero no debía por ello faltar riqueza. Pero no sé en que momento, no hace tanto, esa rivalidad desapareció. Y cuando ya nadie se planteaba ninguna diatriba existencial, va el consumismo y se deprime, a tomar por culo. Nadie se lo esperaba.

Hasta hace bien poco, el presidente Zapatero “mitineaba” por algún pueblo sobre las ventajas de seguir comprando. ¡Compren, compren!, no tengan miedo-decía, que ya no lo dice. No es que no lo desee-. Si nos lanzáramos a comprar de nuevo la deuda familiar aumentaría aún más pero el país volvería a crecer algo. De hecho, ni siquiera los conservadores se han atrevido a hablar de la palabra “ahorro”. Fue a Rodrigo Rato, allá por finales de los noventa, al último dirigente político español al que escuché hablar de ahorro. Nuestro consumismo se ha vuelto tan radicalmente fundamental para la salud del país que ningún dirigente osará decirle a un paisano: “guárdate esos duros, amigo, que te harán falta más adelante”. Un acto de revolucionario existencialismo.

Los comunistas de China se ríen con el rabo. Lo mueven entre bambalinas y, de reojo, cuchichean y besan el culito de Mao estampado en la pared: “qué lazón tenía el goldito”. También les hacen gracia los disturbios londinenses, que es más o menos lo que llevan haciendo en Las islas Canarias treinta años pero sin robar televisores. Los chinos ven por fin un atisbo de decadencia entre las nubes occidentales, y teniendo en cuenta que son propietarios de una gran parte de la deuda estadounidense, no sería extraño que acabaran a carcajada limpia. Los extremos se tocan, del consumismo al ascetismo no hay mas que un paso.

 

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