cienciologuito

Últimamente, después de tomarme unos vinos por el Barrio de las letras, me gusta regresar a casa bajando la calle del Prado- que no el paseo-, en dirección hacia más abajo aún, y más allá de Atocha.

No solía hacerlo así anteriormente. Antes bajaba por la calle Atocha- que no la glorieta-, porque me gustaban un par de bares de retirada, antiguos y extraños, fuera del tiempo en la época de las franquicias y las estrellas Michelín, y en ellos iba asumiendo la vuelta a casa, el posible madrugón; y me bebía un par de buenos vinos bohemios. Pero debe ser que ya no me gustan. En uno de ellos me dieron el Ribera picado.Una uva se pierde como ennegrece un plátano tras los días. Pero no querían entenderlo, ni querían oler el vino tan siquiera. Que les den por el culo a todos los que dejan sus vinos abiertos, metidos en las cámaras, durante semanas, y tienen el atrevimiento de ofrecérselo después a sus clientes. No derramaré una lágrima de crisis por los negocios perdidos que trafican con vino adulterado; ni con Orson Welles metido en una noria. Esos seres pequeñitos de aquí abajo, como puntitos en el horizonte, nos merecemos algo mejor que un vino vinagre. Cabrón.

Pero esto no iba de vinos. Yo quería hablar de un local en el tránsito de mi ruta vinatera de regreso. Un local que se encuentra en la calle del Prado, al final, antes de llegar al Congreso, y que no había llamado mi atención hasta entonces: La iglesia de la Cienciología. Bueno, más bien templo, o recepción de un Hostel moderno. No parece un lugar de rezo, tal como yo entiendo una iglesia: a lo católico catedralicio, o musulmán con minarete paliza.

Parece una agencia de viajes. Un viaje hacia los trastornos del señor Hubbard, padre de la cienciología. Me atrajo hacia allí una tía en la calle, como una azafata, de regreso de vinos me sedujo, en la calle del Prado. Ella estaba de buen año melocotonar, y yo con la autoestima baja; me hubiera dejado llevar por ella a un concierto de Ismael Serrano. Estuve viendo una media hora de distintos videos, tienen videos para aburrir. Logré captar algo, nada extraordinario: el tal Hubbard odiaba la promiscuidad y poseía un talante chalado a lo Howard Hughes.

No había videos de extraterrestres, ni de los tiroteos de WACO, ni de las felaciones de Kate Holmes a Tom Cruise. Total, un coñazo interminable. Al salir, acompañado de mi nueva amiga, observé un aparato extraño, una especie de máquina antigua con una flecha que señalaba un nivel de uno a diez y dos mancuernas metálicas a los lados atadas a un cable. Tenía un aspecto de juguete de Comansi. Le pregunté por ello a la chica, no recuerdo su nombre, mientras me interesaba por el odio de Hubbard por la piscología: «Oye chata, ¿Y este aparato?».

«Esto es como un medidor de mal rollo». «Te cagas»- me dije-. «Todos tenemos historias del pasado de las que no nos podemos abstraer, que nos bloquean y nos impiden desarrollarnos plenamente. Esta máquina mide hasta qué punto esas historias del pasado influyen en tu presente». «Pues va a salir humo»- me volví a decir-. «Tu coge de aquí», me dijo mientras me ofrecía las dos mancuernas, que más que mancuernas eran dos tubos de papel higiénico enrollados en albal. «Bien, ahora piensa en momentos negativos de tu pasado». Y yo, claro, me puse a desnudar a Bar Rafaeli, que es mi chica favorita del hoy porque aúna cuerpo con nombre evocador. En un momento concreto, cuando andaba quitándole la ropa, me espetó la azafata: «Ahí, ahí, sigue», como animándome mientras observaba cómo se movían las agujas de la máquinita. «Ves, ves…¿a que estás recordando algo malo?». «Sí, sí, malisimo. En efecto.», respondí siguiéndole la corriente, porque nunca sé hasta qué punto de absurdo quiero llevar las bromas.

Me largué de allí y dejé a mi azafata a lo suyo, vacilando con el conserje negro que tenía pinta de dar hostias, pero que mantenían en un segundo plano para no aterrorizar a los curiosos. Y dejé a la cienciología tras de mí, bajando la calle del Prado; más abajo aún, y más allá de Atocha.

Continuara….

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