Pobre señora

Una anciana de un pueblo, con ochenta meritorios años, se ha puesto a restaurar un cuadro del careto de un cristo mirando al cielo; como preguntando «ande estarás», pasaje bíblico de duda humana; y lo ha convertido en un grito de Munch asombroso; como si hubiera tirado el lienzo al water y más tarde lo secara con papel higiénico al estilo El Guateque. Una risa.
Desde el telediario de las tres de la tarde cuarenta cámaras en su casa, preguntando a la pintora criminal, a la dueña del cuadro violado etc…Y a las nueve de la noche, lo mismo pero igual de confuso. No sabemos si la señora restaura cuadros habitualmente, si la solicitaron hacerlo con el cristo, o si la pagaban por ello. A las cuatro de la madrugada un noticiario radiofónico avisa a las multitudes de que la señora está en pleno ataque de ansiedad, y que el ayuntamiento del pueblo contempla multarla o excomulgarla, no se sabe bien.

Al día siguiente nueva recreación de los hechos, más de lo mismo y los primeros turistas se acercan a ver el cuadro «restaurado». Una semana después la señora octogenaria es portada de magazines y hay quien empieza a ver síntomas sociológicos graves en el interés del personal por semejante historia. La iglesia en donde cuelga el lienzo del cristo se atiborra de cameramans y fotógrafos de güasap, «mira-que-guapa-está-mi-novia-junto-al-frankenstein-de-Robert-de-Niro». Un segurita cuida de la integridad de la pintura, no vaya a aparecer otra anciana y acabe pareciendo un Kandinsky.

La noticia salta de cabeza a la corriente informativa internacional. Hay extranjeros- de esos de los que decimos siempre que están adelantados en tecnología y educación- a los que la historia de la señora que no sabe pintar les parece excitante e incluso «digna de estudio». Occidente se desmorona.

Julián el noruego come arepas en Londres y las punkies rusas del Pussy Riot las hostias ortodoxas de Putin. España también estaba necesitada de una heroína antisistema y ya la tiene. Alguien que cocinara cristos, o que en su defecto emborronara el gesto del dolor por el peso de nuestros pecados. Lástima su buena fe; no congrega el dolo suficiente para convertir su ingenuo disparate en un acto de sacrilegio. ¡Ya nos gustaría a los nostálgicos buñuelistas! Pero ecce homo hispanius.

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