No hay huevos para cocinar a Mahoma

Ha vuelto con fuerza e ingenio, como siempre, Javier Krahe a las portadas de los periódicos y a las bocazas de los tertuliakos. Años atrás le tramitaron la denuncia de marras; yo sólo me opuse a su forma de cocinar cristos tan primitiva, casi a la jardinera, en vez de utilizar los avances tecnológicos de la deconstrucción moderna española: un cristo cocinado con nitrógeno líquido, por ejemplo. ¿Han visto acaso el horno en el que cocinan al cristo? ¡No tenía ni placa alogena!

Antaño fue la denuncia, allá por el 2004; hoy la fotografía es sentado en el banquillo (en España se trata textualmente de un banquillo) Aún rodeado de amigos, el banquillo expresa desamparo- en el estilo anglosajón los acusados se sientan en silla de madera y piel, junto a tu abogado, tan digno-.

Y ocho años después se sigue hablando de este juicio con desconocimiento. Retrata la ignorancia hispánica que sigue aferrándose a una falacia con la fuerza de un toro bravo. «No hay huevos para cocinar a Mahoma»-dicen convencidos de su ingenio-. Los mismos que afirman que la religión católica es nuestra religión, la de occidente: luz y sombras de nuestra civilización; que ha acompañado a nuestra historia siendo parte; que sigue formando nuestros valores judeocristianos, pues bien, los mismos que lo afirman preguntan a un españolito por qué no trata igual a Mahoma que a Jesucristo: para amarlo y respetarlo, o para desmembrarlo y cocinarlo.

Me pregunto qué hubiera ocurrido si el cortometraje, titulado Cristofagia, se hubiera emitido por televisión, qué sé yo, hace veinticinco años. Hubiera pasado inadvertido u observado como una tontería por algunos y como un experimento divertido por otros. Según nos remontamos hacia el pasado, y paradójicamente nos acercamos a la dictadura, en mejor salud se encontraba nuestra capacidad de aceptación de lo ajeno y lo extraño, incluso lo extravagante; se rompían tabúes sin crear estrépito y en general se tenían menos prejuicios y radicales.

Ha sido esta politización ortodoxa y la consiguiente manía persecutoria creada por una fundación de ataque religioso como la de Tomás Moro, lo que ha dado con los huesos de Javier Krahe en el banquillo. Es víctima del paroxismo de la politización social radical, que como el suyo en otros casos, siempre se ceba en los talentosos y en los valientes.

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