sandro

Sé que no está de moda denunciar a los tarotistas y adivinadores televisivos. Hay tantos, y en tantos horarios, sobre todo de madrugada, que pasan desapercibidos aunque siga habiendo personas obstinadas en perder el tiempo. Sin embargo, Sandro me ha llamado la atención. A Sandro le basta escuchar tu timbre de voz para adivinar las dolencias que te afligen, y es una cualidad que hace de Sandro el adivinador más rápido al oeste del dúo Los Pecos.
Sandro tiene, cómo no, una forma de mirar embriagadora y una vestimenta oscura, corte tipo Felipe II. Una melena larga de guitarrista heavy, y una soltura que asemejan sus gestos a los de un exmiembro de Locomía en medio de la película Crepúsculo.
La primera vez que le vi una señora, desde el otro lado del teléfono, preguntaba: ¿Cuál es mi número de la suerte? Y Sandro contestó: Por tu timbre de voz, tu número es el veintinueve mil seiscientos cuarenta y nueve.

Tentado por la acojonante dirigencia del individuo, decidí no moverme de la cadena. Dos llamadas después, otra señora preguntó al adivino: ¿Puede decirme qué me pasa? -Así, un tanto genéricamente-. Sandro contestó:
– Noto por su timbre de voz que Mexico va a ser importante en su vida. Concretamente, algunos chamanes mexicanos.
– No he estado nunca en Mexico ni tengo familia allí.
– Lo que le digo es mucho más profundo que todo eso. Veo que no me entiende. En pocos días caerá en sus manos un libro sobre México. Léalo y ya me contará.
Y aquí terminó la llamada, imagino que con el incrédulo gesto de la señora y el mío propio.

En un impase del programa, mientras Sandro tomaba un café, la presentadora comenzó a relatar las magníficas predicciones acertadas por el sorprendente Sandro en el pasado:
“Queridos televidentes, hace tiempo una señora llamó preguntando por su salud. Sandro le dijo: vete al médico. La señora hizo caso y le diagnosticaron un cáncer…¿No son extraordinarias las cualidades de Sandro?
Otra señora llamó al programa preocupada porque había perdido una joya en la playa aquella misma mañana. Sandro le dijo: “Mañana por la mañana vuelve a la playa y siéntate en el mismo sitio en el que te sentaste la mañana anterior, introduce tu mano en la arena y encontrarás tu joya perdida. ¿Pueden creer que efectivamente aquella mujer encontró su joya?”
En una última llamada, otra señora llamó preguntando por su salud. Sandro, como siempre, gracias al timbre de voz de la señora descubrió que le dolían los talones, pero falló al diagnosticar un dolor de cadera que la señora no tenía. Y fue en ese momento cuando Sandro entrecerró los ojos, dilató el tiempo moviendo lentamente la cabeza-como intentando identificar un olor conocido- y preguntó a la señora: ¿Por qué veo a un señor rodeado de garbanzos? ¿Garbanzos?-dijo la señora-. Sí, garbanzos, judías y cosas de esas; el señor está muerto, me refiero a un muerto…Pues ni idea-respondía la señora-. No se preocupe- respondió el vanidoso adivino-usted se acordará del sentido de los garbanzos, nos llamará y todo resuelto.

El programa de Sandro que es como un navajazo gitano en la oscuridad de la noche.

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