LOS CHINORRIS

Desconozco las diferencias entre las distintas culturas orientales, es un hecho. Un chino o una tailandesa, un yemení o una coreana, todos los englobo en la misma categoría, pura ignorancia.
El otro día acudí a mi chino cercano, una mezcla entre badulaque y bazar tunecino. El dueño te regatea las sartenes, las escobillas de water y lo que se tercie. Basta que te vea observando cualquiera de las variopintas existencias para que se acerque a preguntate: ¿Cuanto pagas?- da lo mismo el precio que marque-. Y allí, por primera vez, observé a un funcionario de la Comunidad de Madrid con un expediente en la mano preguntándole al dueño, muy serio:
-¿Este es su negocio familiar?
-¡Mio, mio! ¡Mi tienda!- gritaba mi amigo chino de Túnez al funcionario, con este tono chirriante que tienen al hablar cuando se ponen nerviosos-.
-Pero veo que está registrado como negocio familiar.
-¡Es mío! ¡Mio!- seguía gritando el chino.
Y así continuó la conversación de besugos. Es el quehacer diario de estos bajitos contumaces. Pueden torturarte a base de un explosivo cóctel demagógico en el que mezclan el no tener ni idea del idioma castellano cuando no les interesa, hablar alto y deprisa, y hacerte repetir lo mismo hasta la saciedad. Así vencieron en Vietnam; los americanos volvieron a su tierra con el cerebro hecho papilla. Me caen bien estos bajitos, me sorprende su resistencia y su demoledora capacidad para destrozarte los nervios.

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