De salud, nada.

Pero es que nada. Acabo de regresar de unas vacaciones antológicas y ha sido darme cuenta de que toda esta movida de la salud a la gente le importa un pito.

El constante bombardeo al que hemos sido sometidos por los doctores del bifidus, triglicéridos, tastaminasas, pro actives, y demás que pretenden veamos nuestros cuerpos como centrales bio-químicas a punto de reventar; las chicas de anuncio que se rascaban la barriga plana como una viga mientras comían yogures; las ministras del “prohibo porque me aburro”, ya sea hoy el vino, mañana las hamburguesas, pasado las chocolatinas y al otro las prostitutas, no han servido al cabo para gran cosa observando una playa a hora punta.

En mis paseos por ellas al mediodía me he encontrado con barrigas de duna fría, como la mía. Con barrigas de monte calvario, con culitos rebasando la frontera de la goma del bikini, con mofletones de cadera. He observado lomos de gancho de carnicería y pechos a punto de dispararme. En definitiva, he visto gente saludable, disfrutando de su vida y sus cuerpos en sus circunstancias.

Cómo no, quedaban chuli-playas, deportistas que corrían tras su reflejo sobre la orilla, y divas de la arena húmeda. Pero no servían para aumentar la estadística de la salud, de la estética, y de la bobada.

 

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