Primaveral

Ha llegado la primavera tardía. Me abrazo a su luz tras un invierno cuaternario. Se dilatan mis pupilas con los vestidos ligeros, con la acentuación de los colores. Me quito el jersey y siento mi tronco caliente, tengo la impresión de que reboso salud.
 
Este año el cambio de estación ha recordado tiempos ancestrales, rituales, cuando las fiestas de las cosechas tenían sentido y se celebraba su llegada con fasto; como si hubieramos superado una prueba contra la naturaleza refirmando nuestra intención de seguir vivos.
 
Vuelan los cachis de plástico en los macrobotellones; se leen bestsellers malos en los jardínes floridos; arden de calor los auriculares en las cabezas tecnológicas; se engalana la pivita con su muslo blanco y su gafa oscura.
 
Camino bajo el sol sin descansar. Lo echaba de menos. Tanto como el vampiro a su terruño exiliado, ése trozo de tierra en el que descansa cada mañana y que guarda dentro de su ataúd como un criminal abrazado a su niñez.
Nota: Por fin, con la llegada del buen tiempo, los informativos dejarán de poner cada vez que nieva las imágenes de un tipo bañándose en la playa de San Sebastián.¡Imaginación a la televisión!

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