Los ancianos y la tecnología

ancianos

A mi padre le quiero bajar del E-mule cuatrocientas películas del oeste. Es su género favorito. Las guardaré en un disco duro externo reproductor, y las llevaré a su casa.

Cuando comenté lo que quería regalarle, me contestó: “Muy bien, mete también alguna de juicios. Pero a ver, hijo, que no sea muy complicado». A mi padre le preocupa que le entregue un nuevo lote con otro mando a distancia, y tenga que programar no se qué chirimbolos, y tenga que aprender a manejar teclas y memorizar su posición, porque no sabe inglés, ni falta que le hace.

Si tan buena salud tiene nuestra lengua, el castellano, y tantos hay enorgullecidos por las nuevas sedes del Instituto Cervantes abiertas en todo el mundo, por la progresiva institucionalización de nuestro idioma en Los Estates, «¿Por qué no escriben en castellano las funciones del las teclas y los menús interactivos? ¿Por qué te adjuntan un manual de uso en castellano para que luego tengas que leer: “Si quiere cambiar de canal, pulse la tecla SHIFT? ¿Qué SHIFT ni qué leñes?

Sobre eso hablaba con mi compañero, que tiene también a sus padres mayores. Me contó que sus padres acababan de comprar una pantalla de plasma, que se sentaron en el sillón y que no veían nada. “Hijo mío..”-llamaron por teléfono a mi compañero- “…Esta tele que hemos comprado no vale ni pa tomar por culo. La Patiño está como oscura, no se la ve nada.” Mi compañero fue a intentar resolver el dilema televisivo, y vio como su padre se agachaba ante el ente plasmático: “Ves, así no se ve un carajo.” “Pero si te incorporas…”-y se levantaba-“¡Ves!, así de puta madre. ¿Cómo es esto?”

Mi compañero resolvió el entuerto colocando un libro de Aramís Fuster debajo de la pantalla. Una solución tan hispánica al menos como sacudirle una patada a la puerta de la lavadora cuando no cierra, u hostiarle a la máquina de tabaco cuando no te admite las monedas.

Que tengan mucho cuidado con nuestros mayores. Son ancianos, pero no son gilipollas. No los minusvaloréis, porque la mayoría han sufrido precariedad, y han pasado hambre. No son tan moñas como nosotros, y no tendrán ningún miedo en volver a la tienda a meterle al dependiente el plasma por el culo y apretar la tecla SHIFT.

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