Arno Dübel

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Este tipo es Arno Dübel, y es un crack.

Me enteré de su existencia por el periódico El Mundo. La sección “El Zoo del siglo XXI” dedica la última página a retratar a los bicharracos más excéntricos del planeta: desde coleccionistas de mechones de pelo del sobaco a prostitutas licenciadas en astrofísica. Sus vidas no suelen aportar nada nuevo más allá de la anécdota o el chascarrillo, son carnaza de palique laboral.

En cambio, Arno Dübel posee un encanto especial. El tipo tiene 54 años y lleva 36 años sin trabajar, lo que evidencia que durante su vida adulta no ha pegado un palo al agua. El estado alemán le pasa una ayuda social de 359 euros, más el coste del alquiler de su piso, la luz y el agua. Una cantidad que en el país germano no debe dar para gran cosa. En cambio, Arno Dübel dice ser feliz. Lo que le diferencia de algunos conocidos míos, es que parece haber nacido para no trabajar.

En cierta ocasión, cuenta Arno, que trabajó durante cinco semanas, pero que cayó literalmente enfermo. “Era horrible, tenía que ir cada día a la misma hora. Había un jefe diciendo que hiciéramos cosas, y gente de mal humor. Definitivamente, aquello no era soportable”. “De pequeño no recuerdo haber deseado ser nada de mayor. No me veo trabajando, ni siquiera lo imagino”.

Leyendo al ya mi amigo Arno, me emociona la sencillez poética de sus palabras. Javier Krahe, otro no-trabajador comprometido, me decía: “La demostración de que el trabajo es malo, la tienes en que no lo haríamos si no nos pagaran por ello.”

Con la que está cayendo, parece obsceno ensalzar a un hombre por su orgullo de parado, por su falta de espíritu comunitario, sobre todo si tenemos en cuenta que son los trabajadores alemanes los que con sus impuestos están subvencionando la vida de este señor y bla, bla, bla…Pero siendo esto cierto, me envidia la capacidad de Arno para mirar la vida con esa tremenda sencillez, como un niño que entrara en una fábrica y no viera en una cadena de montaje mas que un tremendo disparate absurdo. Me conmueve su resistencia a observar el mundo como todos nosotros. Y todo esto, a los 54 años, mientras se apagan a nuestro alrededor tamaña cantidad de vidas sumidas en la mediocridad, tiene cierto mérito; tanto, que yo lo calificaría de personaje épico.

Ahora sí, tenemos que renegar, de una vez, de ese mito de la voz popular que dice que uno guapea cuando deja de trabajar. A las pruebas fotográficas me remito.

 

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