Calado de Madrid

 

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Calada de agua. Así está Madrid. Y yo húmedo como el techo de una casa ruinosa.

Los paraguas de los negros ceden sus varillas de goma. Y no estamos en otoño, pero rufa el viento a través de los pórticos de la plaza Mayor. Los camareros enfarlopados sirven calamares fritos, los descuideros se mojan.

Una hilera de niñas monas ocupa toda la barra, y no tengo espacio para reposar mi vino. Hablan en francés escuálido, y yo presto oídos a mi compañía, una pareja de amiguetes casados. Conversamos y nos relajamos, el primer vino es bueno.

El sendero hasta la Fontana de oro se hace largo y torpe. Cuesta trabajo mantener el trato esquivando individuos y paraguas pequeños, de los negros que se multiplican a la boca de los metros. El guía soy yo, y mantengo el rumbo. Bendigo la entrada sacudiendo el paraguas, y lo vuelvo a introducir en mi gabán.

Un cantante de Nashville deja de tocar la guitarra, seca la mano izquierda en su camiseta descolorida; se ajusta el sombrero tejano y habla en guiri al personal. Nos da lo mismo. Compartimos ambiente, el vino y el agua nos han tratado bien, nos arropamos en diálogos cálidos. Nos sentimos capaces de hablar toda la noche, de cualquier cosa.

Los extranjeros nos miran. Se preguntan cómo lo hacemos. Movemos las manos y hasta las patas, y a la vez reflexionamos y nos reímos. Deberían aprender a acariciar su copa.

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